Un día llegó diciembre. Se presentó muy callado y sin avisar, casi como si no quisiera ser visto. Tal vez siente mucha presión porque es el mes más esperado. O quizás no quiere que nadie se enteré de que alguien robó la Navidad.
Este año, como en cualquier otro, comenzamos a decorar en casa a mediados de noviembre. El clima seguía siendo caluroso, así que trabajé un poco en la ambientación. Prendí el aire acondicionado, encendí una vela aromática de canela y frutos rojos y puse música.
Me reí cuando, entre las canciones tranquilas y alegres, de repente salió de manera aleatoria una canción de un grupo de metal. Me pareció curioso el contraste y no le tomé importancia; después de todo, mis gustos musicales son muy variados. Debí prestar atención: este era un presagio. No me crean, esto no tiene ningún significado místico, sólo que ahora, al recordar ese momento, creo que la canción va un poco acorde con la realidad.
El mes de diciembre siguió, pero por alguna razón me sentía muy cansada, como si mi cuerpo se rebelara y solo quisiera dormir. De nuevo lo ignoré y lo asocié al ligero cambio de clima. Estoy tan acostumbrada a los días soleados y húmedos que, cuando el clima mejora, me relajo de más.
En casa planeamos las compras navideñas para evitar el tráfico y estrés de los últimos días del mes, pero aun así me sentía irritable. Normalmente las decoraciones y los crafts navideños me llenan de emoción, pero ahora no inspiraban el mismo entusiasmo. Sin embargo, pensé que era algo así como melancolía navideña, esa que de repente llega al recordar navidades pasadas.
Fue hasta que salí de vacaciones que me di cuenta de lo que había pasado. ¡Alguien se había robado la Navidad! Lo hizo poco a poco, tomando un pedacito de la festividad a lo largo del año. Mientras dormíamos, colocó sueños ansiosos en nuestra mente para que no descansáramos bien y recortó las horas de los días, como listón de regalo, para que no alcanzáramos a hacer todas las cosas que teníamos planeadas.
Por esto, al llegar diciembre, me sentía como globo sin aire. Dejé de hacer cosas que me llenaban de energía, ya sea por decisión propia o por factores externos del entorno. Este año había sido más difícil de lo que pensé. Las decoraciones, los regalos y las fiestas no sabían igual. Todo me parecía desabrido y sin color.
En situaciones difíciles me he dado cuenta que los primeros meses son los más impactantes, pero al mismo tiempo es cuando mayor energía tengo, porque pienso que en cualquier momento pasará. Sin embargo, cuando se prolonga por más tiempo, logro adaptarme al cambio, aunque no puedo evitar el desgaste emocional que conlleva. En este punto, he recurrido a los mejores remedios: la introspección y el amor de mis seres queridos.
A veces se necesita una sacudida de la vida para prestarnos atención a nosotros mismos. Al mirar en nuestro interior, podemos encontrar las respuestas a todo lo que nos aqueja y el punto de partida para sentirnos bien de nuevo.
Es curioso cómo funcionan los contrastes. En los momentos más tristes y oscuros, puedes ver brillar las estrellas que te guían de nuevo a la luz y la alegría. No es algo que pasa en un instante; lleva tiempo, esfuerzo y apoyo. Por eso es importante cultivar la paciencia.
Puede que este año alguien sí se haya llevado la Navidad que teníamos planeada o idealizada, pero no se llevó la Navidad que nace de la esperanza y que vive en el corazón. Por ello, he trabajado en crear una nueva Navidad. Tomé los pedazos que habían quedado de mis expectativas, los remendé con paciencia, les agregué nuevos adornos y dejé que otras personas me ayudaran. Ellas me acompañaron a sobrellevar la tristeza de lo que se ha perdido, para dejarlo ir y dar paso a la gratitud.
Estoy profundamente agradecida con todas las personas que dejaron bellos tesoros en mi vida: la compañía, las risas, las enseñanzas, la emoción y la alegría. Cada momento formó adornos vibrantes que ahora decoran mi árbol de Navidad. Me perdí, pero me volví a encontrar en las personas y las cosas que amo, y ahora lo reúno y lo traigo a mi casita curiosa. Así, todos podemos mostrar nuestras bellas creaciones, sin comparaciones ni juicios, solo admiración y asombro por lo que hemos logrado.
Gracias por visitar mi casita, te deseo una hermosa Navidad y un próspero y curioso año nuevo.